¿Mellizos? - Halitus Instituto Médico - Líder en tratamientos de Fertilización asistida

Mundo Halitus

Inicio - Mundo Halitus - En Los Medios

Por: Intramed | 29/06/08

¿Mellizos?


¿Qué pasa cuando un embrión congelado en un tratamiento de fertilización asistida ya no se necesita? Un debate con aristas médicas, legales y filosóficas.

Por:  texto Carola Birgin fotos Ariel Grinberg


En los centros de fertilidad y reproducción asistida, un detalle de la decoración se repite: fotos de bebés. Bebés solos. Bebés en pares idénticos. En tríos. Bebés que ríen y que lloran. Casi todos comparten el pasado: el óvulo y el espermatozoide que los concibieron se encontraron –mediante un procedimiento denominado ICSI – dentro de un tubito (cápsula de Petri). En muchos de los casos, además, los embriones estuvieron congelados durante algún tiempo antes de llegar a un vientre. El avance científico de los últimos veinte años hizo que nacieran oportunidades y también problemáticas nuevas gestadas en el vacío legal, los dilemas éticos y el desconocimiento. Una de ellas es qué ocurre cuando una pareja conserva embriones (o pre-embriones, según el cristal con que se mire) congelados con fines reproductivos y luego no puede o no quiere concretar el objetivo inicial. Por una separación o porque alguno falleció, porque tal vez ya tuvieron varios hijos o porque quizá se dieron por vencidos en la búsqueda. ¿Qué pasa, entonces, con los embriones congelados cuando cambian los planes? Para evitar embarazos múltiples, hoy en los tratamientos se transfieren a la mujer sólo dos o tres embriones de los ocho que en promedio se generan por vez en una Fertilización in Vitro (FIV). En algunos centros, el resto se guarda para futuros intentos y para evitar el descarte. La criopreservación consiste en colocar los embriones en pajuelas, sumergidas en tanques de nitrógeno a 196 grados bajo cero. La cuota anual de este procedimiento de ´mantenimiento´ oscila entre $ 900 y $ 1.500. Las obras sociales y los planes de medicina prepaga no cubren ninguno de estos gastos. La esterilidad y la infertilidad, en este sentido, no estarían comprendidas como enfermedades. Hay contadas salvedades: Evangelina Sartirana y Natalio Talasconi, una pareja de Junín, lograron que un fallo judicial obligara a su obra social a solventarles todos los tratamientos necesarios para lograr un embarazo. Cuando una pareja recurre a esta técnica, acepta por escrito que, en caso de no utilizar los embriones para reproducción, se les dará un destino. Las alternativas son: cederlos para adopción, darlos para investigación o destruirlos explícitamente. No todos los centros avalan estas opciones. Y, llegado el caso, no todas las personas toman una decisión similar ni protagonizan la misma historia. Silvina y Matías (estos nombres no son reales) cedieron sus embriones por problemas económicos. Gloria Ramírez y Alberto Cimó también donaron, por solidaridad. Hay parejas, en cambio, que eligen descongelar aquellas células que ya no implantarán. Otros prefieren ofrecerlas para investigación y algunos, como Tamar y Simón Feigin, no se deciden por nada de esto y finalmente las «usan».


DEL SUEÑO A LA PESADILLA


Dentro de un tiempo tal vez nazca el/los hijo/s que a comienzos de este siglo querían tener y no podían. Silvina y Matías no van a enterarse porque no serán los padres. En el año 2000, después de una angustiosa búsqueda, el matrimonio logró, mediante una FIV, producir siete embriones. Cuatro se transfirieron en dos intentos. El último fue exitoso. Resultó una nena que hoy está en primer grado. El resto de los embriones quedó en criopreservación. Luego Silvina quedó embarazada otra vez. Ocurrió naturalmente y, con panza a cuestas, volvió al instituto. Quería retirar sus embriones: no podía seguir pagando la cuota y ya no los necesitaba. Pensaba deshacerse de las células pero sus médicos la invitaron a cambiar de idea. Admite que sintió miedo; pensó que uno nunca tiene el futuro asegurado. Y no lo hizo. Pero dejó de abonar la cuota. Acumuló una deuda que hoy le es imposible afrontar. «Si dono mis embriones me la condonan, porque los que los reciban la asumen como gastos –explica Silvina–. Y si quiero retirarlos para decidir yo el destino que les doy, tengo que pagar lo que debo. Pero no tengo con qué, ya son más de dos mil pesos.» No tenían ningún plan B. «Llegamos ahí con tantas ganas de tener hijos… y sin poder. Congelamos embriones sin pensar en cómo sería, si llegaba, el día en que ya no los precisáramos. Yo ni lo pregunté; no es fácil expresar que uno podría querer deshacerse de ellos. Por la condena social, ¿viste?», dice Silvina. «Dimos nuestros embriones porque no tenemos plata», resume Matías con resignación. Gloria Ramírez y Alberto Cimó están orgullosos de haber donado. Los conmueve contarlo: en ocho intentos de fecundación asistida no consiguieron excedente de embriones; apenas si se producía alguno con chance de prender y se lo transferían a Gloria en fresco. Al fin llegó un embarazo pero no prosperó. La lucha fue larga y difícil. Estaban por abandonar y, antes de iniciar los trámites de adopción, jugaron una última ficha. «Juntamos fuerza, coraje y dinero. Nos juramos que sería la última vez, pase lo que pase», recuerda Alberto. La apuesta fue acertada y, además de los embriones que se implantaron (dos se convirtieron en las melli María Lourdes y María Emilia, que ya cumplieron 20 meses), sobró uno que fue congelado. Pase lo que pase… «Sabíamos que no era para nosotros, ni dudamos: lo donaríamos», afirma Gloria, una supervisora de enfermería de 46 años. Les aconsejaron esperar y concretar la cesión cuando nacieran las nenas. «Firmamos poco después del parto», celebra Alberto, un comerciante de 53 años, viudo de su primera esposa y papá también de Natalia (29) y Paula (27). «Nosotros conocimos la necesidad y la dificultad, sabemos lo valiosa que es una posibilidad, no podíamos desperdiciarla. Ojalá ya se haya convertido en una vida y le haya dado a alguien la felicidad que ellas nos trajeron.» Según la legislación argentina, la madre de un bebé es la mujer que lo pare. Es decir que donar un embrión es ceder la maternidad/paternidad. «Por eso es dación –puntualiza el especialista en fertilidad Sergio Pasqualini, director de Halitus–, al hacerlo nosotros aclaramos que ya no se puede volver atrás.» Además, la adopción prenatal carece aún de regulación, es una práctica que no está prohibida pero tampoco se realiza en el marco de una normativa explícita.


MOMENTO DE DECISION


En algunos países, como España, tras cinco años de congelamiento se insta a darle algún destino a los embriones. En la Argentina no hay plazos estipulados. Jorge Blaquier dirige el centro de medicina reproductiva Fertilab, donde se criopreserva. «Al cabo de algunos años solemos hacer un seguimiento para persuadir a la pareja de que tome una decisión. Aun así, si bien se desconoce la durabilidad máxima de los pre-embriones congelados, sabemos que perduran por lo menos diez años», indica. Diez años seguro. Si no, que lo diga Tamar Feigin: en 1997 nació su primer hijo, tras un tratamiento. En la misma cepa en la cual se concibió Alan, había siete embriones más. Cuatro de ellos quedaron congelados durante una década. En ese tiempo, ella se acostumbró a visitar el centro médico. «Iba para marcar presencia. Confiaba pero igual temía que les dieran algún destino sin consultarme.» Esta grafóloga de 49 años recorría seguido las opciones que tenía: donarlos, tenerlos o destruirlos. Y subrayaba las que podía: donarlos o tenerlos. «Veía el cederlos como un acto de generosidad. Destruirlos me parecía inconcebible, terrible. Tenerlos tampoco era fácil: mi marido ya tenía tres hijos con el nuestro y no nos daba la economía. Pensaba en embriones para dar vida, así que no contemplé la idea de darlos para investigación. Creía que los donaríamos. Era una buena alternativa… Aunque ¡sería hijo mío también! Me torturaba fantasear que Alan un día se podía enamorar de una hermana sin saberlo. Como en las novelas…» Tamar y Simón eligieron «tenerlos». Fue una nena. Magalí nació el 12 de marzo de 2007 y pasó a la historia como la primera beba nacida de un embrión criopreservado durante diez años.


CALLEJON SIN SALIDA


Claudia Olivera y Miguel Angel Calderón son de Charata, Chaco. Hace nueve años tuvieron a Aldana. Como no lograban darle un hermanito, pidieron ayuda en un centro de fecundación. Implantaron algunos embriones sin éxito y dejaron tres en criopreservación. «Creo que si no prendieron esta vez, con los congelados menos. Así que volveríamos a probar pero con embriones frescos», proyecta esta ama de casa de 35 años. En tal caso, se llevarán del consultorio una pequeña bolsa con hielo seco. Adentro irá el tubito con sus tres embriones: «Quisiera descongelarlos, no me preocuparía hacerlo, pero no sé si se puede». Claudia tampoco sabe dónde podría, si quisiera, darlos para investigar.


Como casi nadie sabe, porque es el gran tabú. Si bien se reconoce la donación para investigación como una opción válida, al preguntar por esto la respuesta es unánime: «Se hace pero yo no sé adónde». «La donación para investigación es controvertida porque acepta implícitamente que se destruyan los embriones», plantea Blaquier. El médico Sergio Papier es terminante: «La mejor solución para los embriones abandonados es la dación o adopción prenatal». Sin embargo, en el Centro de Estudios en Ginecología y Reproducción (CEGYR), que él dirige, ya no es posible donar. «Tuvimos que dejar de hacerlo porque el marco legal no está claro. Ahora si los titulares de embriones quieren llevar a cabo cualquier acción que no sea la transferencia para reproducción de éstos dentro de esa pareja, exigimos que pidan autorización a la Justicia.» Esto es así desde hace tres años. Un abogado ya retirado (Ricardo Rabinovich-Berkman) elevó una petición para «proteger los embriones congelados». La causa obtuvo fallo en el Juzgado Nacional en lo Civil Nº 56 y, luego de una apelación, la Cámara confirmó que Rabinovich sería tutor de todos los embriones criopreservados (cuando el abogado renunció a su matrícula, la Defensoría del Menor asumió la responsabilidad) y que se realizaría un censo de embriones. Por eso, semestralmente Adriana Mato, la jefa de despacho del juzgado, recibe reportes de algunos centros de reproducción. «Sólo nos informan cuántos embriones congelados tienen y cuántos han transferido. No nos brindan identidad de su procedencia», aclara. Alfredo Vázquez y Juan José Partamian son directores del Instituto Francés de Reproducción. Ellos no congelan embriones para eludir la controversia, que ejemplifican con las cifras que difundió en mayo del año pasado la publicación Fertility and Sterility: en 1999 en España había 2.000 embriones criopreservados que no se sabía qué destino cursarían; hoy son 40 mil. «¿Qué ocurre si decae el interés reproductivo de una pareja o si se adormece la conciencia de los progenitores y abandonan los embriones?», cuestiona Vázquez. Por ahora, se respaldan en la elección del método: sólo transfieren embriones en fresco. ¿Y en la Argentina? En diciembre de 2007 había, declarados, 11.894 embriones congelados. Y en el último semestre del año pasado, se transfirieron 2.482. Esto, sólo en siete instituciones porteñas. Mato agrega: «El fallo indica que cualquier implantación que no fuera en el seno de la madre requiere una presentación anterior aquí». Al Juzgado Nº 56 no llegó nunca una solicitud. Tampoco se registran litigios sobre el tema. ¿La razón? No hay leyes. Así lo explica el abogado Salvador Bergel, titular de la cátedra UNESCO de Bioética en la Universidad de Buenos Aires: «En la Argentina no hay leyes sobre fecundación y menos sobre embriones congelados. No hay prohibiciones explícitas, aunque sí interpretaciones posibles en base a algunas disposiciones del Código Civil y el Pacto de San José de Costa Rica, que si se toman muy rigurosamente al pie de la letra podrían otorgarle a los embriones los derechos de las personas. Pero es discutible». Las discusiones no llegan a un cuerdo y, mientras tanto, hay personas que siguen intentando y que siguen decidiendo, personas que hacen lo que creen, lo que quieren o simplemente lo que pueden, a la deriva en un agitado mar de desconcierto e imprecisiones. Como Silvina y Matías. Como Gloria y Alberto. Como Claudia y Miguel Angel. Como Tamar y Simón. Como tantos otros…



LUIS KANCYPER PSICOANALISTA
«Tener un hermano nos protege del anhelo de un poder totalitario»


El cultivo de buenas relaciones fraternas, tanto entre hermanos de sangre como entre amigos y semejantes, es tan importante para las personas como para las sociedades. Cuando se pierden, sobrevienen conductas autoritarias.


Fabián Bosoer.
fbosoer@clarin.com



El tratamiento del Mal y las manifestaciones de la maldad no son materia exclusiva de filósofos, religiosos o políticos. También es un asunto que preocupa a los psicoanalistas, tanto al abordar los traumas y angustias que traen los pacientes como al introducir su mirada en los malestares de nuestra cultura. A tratar, precisamente, las «Figuras clínicas del Mal» se dedicó el reciente Congreso Argentino de Psicoanálisis, que se reunió en Córdoba con la presencia de algunos de los más prestigiosos psicoanalistas del país.


Entre ellos estuvo Luis Kancyper, autor de numerosos libros, algunos de los cuales fueron traducidos a otras lenguas: «Resentimiento y remordimiento», «Jorge Luis Borges o la pasión de la amistad» y «El complejo fraterno».


Los aspectos más tortuosos o complejos de la relación entre hermanos aparecen en varias películas recientes. ¿Qué lecturas pueden hacerse desde el psicoanálisis de este renovado interés?


Las relaciones entre los hermanos que se presentan tanto en la aparente simplicidad de lo normal como en las exageraciones de lo patológico son diferentes de aquellas que se originan en la relación con los padres. El hermano es un semejante demasiado semejante y la primera aparición de lo extraño y diferente en la infancia. El enfrentamiento con el hermano, con el doble, con el intruso, perturba mucho. Como decía Calderón de la Barca, «Para quien aspira a ser rey, todo hermano es un estorbo». Por otra parte, la relación fraterna pone al descubierto temas muy actuales y altamente preocupantes en este mundo de la intolerancia ante la diversidad. La falla en los roles parentales, en lugar de instalar un sentimiento de pertenencia y orden en la estructura familiar y social, hace que se desplieguen los afectos más hostiles y crueles, que son también inherentes a las relaciones infantiles entre los hermanos. Esto es lo que aparece en varias de estas películas, como «Muerte en un funeral» y «El sueño de Cassandra».


En «El sueño de Cassandra», la última película de Woody Allen, vuelven a aparecer los temas clásicos del psicoanálisis, pero se centra en la relación fraterna…


Sí, en esta película Woody Allen devela los conflictos entre las generaciones, de padres a hijos, de tíos a sobrinos, y la dinámica propia entre los hermanos. La madre de los dos hermanos devalúa la función del padre y sobrevalora la imagen de su hermano exitoso financieramente en el exte rior. Y es precisamente este tío de América el que expone a sus sobrinos europeos a cruzar las barreras éticas. Pone al descubierto cómo la generación que precede a los jóvenes, de alguna manera, los manda a matar.


¿Cómo interpreta el impacto que tiene en los dos hermanos esta incitación a pasar el límite?


A diferencia de anteriores películas de Woody Allen -«Crímenes y Pecados» o «Match Point»- aparece aquí algo inédito. Terry, el hermano menor, siente arrepentimiento, remordimiento y búsqueda de autocastigo. Este personaje tiene resonancias en Dostoievsky: el mal termina siendo castigado. Y se precipita finalmente un fratricidio, pero, a diferencia del bíblico en el que Caín mata a Abel, aquí se invierte la relación. En «Match Point» parecía que un crimen puede salir impune si el azar juega a su favor. Y el individuo no es responsable de sus actos sino que se limita a jugar a que la suerte sea favorable.


¿Al final no habría salvación, no habría redención posible, pero sí existirían el juicio y la determinación personal…?


En «El sueño de Cassandra» la tragedia parece ser inevitable. Pero la pregunta que surge es aquella que en el año 1602 ya se planteaba Shakespeare en el «Rey Lear» y que continúa siendo tan actual: «¿Es que se ha desterrado de este mundo la compasión?» El sentimiento de compasión no es piedad, ni misericordia, ni lástima. La compasión es aquel sentimiento que me permite abrir las puertas de la solidaridad cuando registro aquello que lastima al otro y que promueve un deseo de mitigar el dolor del «otro fraterno». El surgimiento épico de la confraternidad contrarresta las fantasías fratricidas que anidan en el alma de los individuos y de los pueblos. Es la cuestión de cómo contrarrestar al herrumbrado destino mítico y encontrar algunos «por qué» a lo que aparentemente parece ser inamovible.


¿Qué respuestas aporta el psicoanálisis?


En este sentido, podemos decir que el psicoanálisis es la ciencia del anti-destino. Intenta, dentro de lo posible, hacer conscientes los escándalos del inconsciente que de un modo constante generan sus efectos en la psicología individual y en las sociedades.


¿A qué llama «escándalos del inconsciente»?


En ciertos momentos, la fuerza de lo inconsciente puede llegar a operar como «la piedra del escándalo» exteriorizándose a través de síntomas, inhibiciones, falsos enlaces, lapsus, angustias y otras múltiples emociones que se sustraen al dominio voluntario, llegando a generar malentendidos, que a su vez originan nuevos malentendidos, y éstos suelen interponerse en los ámbitos de la razón, para que el sujeto tropiece y pierda el equilibrio de sus ideas, convicciones y actos. En cambio, en otros casos, lo inconsciente funciona como fuente y motor de creatividad inagotable, promoviendo en el sujeto y en lo colectivo la posibilidad siempre abierta para que se desplieguen impredecibles e ignotos horizontes de invención.


¿El inconsciente sería algo así como un depósito permanente de la naturaleza humana?


Así es, de poderosas fuerzas irracionales. Actúa a la vez como el agente supremo de la libertad humana y todavía más, como la traba más fuerte de ella. En ese doble sentido también decimos que el complejo fraterno no se reduce únicamente a los aspectos destructivos de la rivalidad entre los hermanos, tiene además sus aspectos constructivos.


¿Cuáles serían esos aspectos tan necesarios?


Desde su origen, todo sujeto requiere de un Otro, personificado en un hermano cuya presencia resulta fundamental y fundante, como el garante doble que asegura la posibilidad de emanciparse del poder parental, y además permite la resignación de la creencia inconsciente de ser el único y perfecto hijo que sobrelleva la misión de salvar a los padres y salvarse de ellos. Esta relación horizontal con un «otro fraterno» cumple la función de auxiliar, modelo y objeto de complementación y de reconocimiento. Tener un hermano nos preserva y protege del anhelo de un poder totalitario que subyace en el alma humana. Es a través del contrapoder surgido a partir de la alianza fraterna que se logra la oposición al mítico padre que intenta la reapropiación de los hijos.


¿Esta dimensión constructiva del complejo fraterno puede cambiar de signo?


Los vínculos fraternos son ambivalentes y suelen oscilar con suma facilidad entre el amor y el odio y entre la compasión y el resentimiento. Cuando el hermano se relaciona de un modo desconfiado con un otro a quien inviste como a un intruso rival ominoso que puede llegar a perturbar, robar o destruir su unicato, en este caso decimos que el complejo fraterno es tanático o destructivo. El hermano desconfiado, lejos de aliarse con lazos de solidaridad, no admite al otro como a un diferente y semejante, sino que intenta combatirlo y hasta destruirlo como Caín a Abel. Se pierde así la dimensión liberadora y democrática que instaura el orden ético y social de la cofradía, para contrarrestar, precisamente, al poder autoritario de la generación que detenta un poder vertical.


¿Un amigo cercano es como un hermano por elección?


La amistad es una relación de hermandad elegida, no impuesta por lazos consanguíneos, en la que se desactivan los deseos edípicos puestos en movimiento por la aspiración de alcanzar a ser el heredero único y el hijo preferido. En la amistad se establecen relaciones de objeto no familiares, aunque con facilidad pueden volver a filtrarse con las conflictivas narcisistas y parentales. En ella, los lazos consanguíneos son reemplazados por lazos sublimatorios. Además entre los amigos se requiere deponer las relaciones de dominio. El amigo ejerce una función de acompañamiento en los estados angustiosos de soledad y en situaciones conflictivas relacionadas con el amor de la pareja y de la familia. Una lógica horizontal, de una solidaria confraternidad, posibilita procesar el desasimiento del poder vertical ejercido por los padres y por los hijos. Aporta una singular función en los procesos de la creatividad, a través de distintos modelos de identificación y de confrontación, que permiten cotejar con sentimientos de solidaridad lo diferente, lo semejante y lo complementario.



Psicoanálisis, literatura y tango


Existen afectos y pasiones que detienen el fluir temporal, espacial y afectivo y que requieren ser concientizados. Luis Kancyper, autor -entre sus muchos libros- de un estudio psicoanalítico sobre «Resentimiento y remordimiento» y otro sobre Borges y la pasión de la amistad, bucea en estos sentimientos tan presentes, y a veces tan difíciles de reprimir, que, según explica, obstaculizan la elaboración de los duelos y reinstalan la compulsión a la repetición:


«Los afectos son un farol y una brújula que posibilitan alumbrar y ordenar el pensamiento y la acción. El resentimiento resulta de humillaciones múltiples, ante las cuales las rebeliones sofocadas acumulan sus pequeños ´ajustes de cuentas´, tras la esperanza de precipitarse finalmente en actos de venganza. Este aspecto destructivo del resentimiento, que instala la ciega Ley del Talión de la venganza repetitiva e incoercible, ha sido notablemente señalado por los hermanos Homero y Virgilio Expósito en 1944 en su célebre tango Naranjo en flor: ´Después, qué importa del después. Toda mi vida es el ayer, que me detiene en el pasado. Eterna y vieja juventud que me ha dejado acobardado como un pájaro, sin luz´. El resentimiento y el remordimiento obstaculizan así la elaboración de los duelos».


¿De qué otro modo puede elaborarse ese duelo frente a situaciones traumáticas? Kancyper responde: «Yo contrapongo la memoria del rencor a la memoria del dolor. Otro tango, Los mareados, la ejemplifica: ´Hoy vas a entrar en mi pasado (…) y nuevas sendas tomaremos´. O sea, cuando hay dolor no se olvida el pasado, pero se elabora y se abre un tiempo y un espacio de futuro. Cuando prevalece el rencor, el tiempo del pasado anega las tres dimensiones del tiempo».