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Por: La Nación | 07/08/20

Subrogación en la Argentina. La historia de las familias construidas sobre un vacío legal


A los tres años, Bianca (8) les pidió a su mamá, Maica Moraes (47), y a su papá, Juan De Gregorio (51), un hermano.

-¿Pero yo no estuve en tu panza? -interrogó.

-Yo no tenía bolsita, entonces una amiga me prestó su panza -le respondió su mamá.

-¿Y cómo se llama tu amiga?

De esa forma, Bianca se enteró de cómo llegó al mundo. Después de reconocer el nombre de la amiga de su mamá que la llevó en su vientre, la niña corrió hacia la cocina a buscar un vaso de agua. Desde allí, llegó hasta el balcón y regó su planta. Justo esa semana, en la escuela, habían aprendido qué era la germinación. Al día siguiente, le dijo a su niñera: «¿Querés que te cuente la historia de mi nacimiento, que es divina?». Era la historia de la primera gestación por sustitución en la Argentina.
Sentar un precedente

Después de perder dos embarazos, estar al borde de la muerte y ya sin útero, Moraes decidió, junto a su marido, explorar ese tratamiento. En diálogo con LA NACION, desde Caballito, mientras cuentan cómo fue el proceso, la niña irrumpe en escena. «Le estamos contando la historia de la pancita», le explica su mamá, a quien Bianca besa antes de irse. «Empezamos a ver los pros y los contras de hacerlo en el extranjero y en el país. Había un vacío legal y teníamos que hacernos el camino para ver quién nos acompañaba», dice Moraes. «Acá no teníamos espejo donde mirarnos o ejemplos a seguir», recuerda De Gregorio.

«La gestación por sustitución [conocida como subrogación] es un tratamiento para todas aquellas personas imposibilitadas de llevar adelante un embarazo, por motivos médicos o biológicos. Una mujer ofrece su útero para la gestación del niño, al que no siendo su hijo, ni habiendo aportado su propio gameto, se compromete a cuidar y sostener su desarrollo durante el tiempo que dure la gestación», explica un documento de Halitus, el instituto donde se realizó ese primer procedimiento y donde ya nacieron 28 bebés con esta técnica.

A pesar de que la subrogación se suele vincular a personajes famosos o parejas que la emprenden en países del exterior, como Estados Unidos o Ucrania; en la Argentina también se realiza, por un costo menor y con la posibilidad de seguir de cerca el embarazo. Pero, a ocho años de ese primer nacimiento, el vacío legal con el que se toparon los padres de Bianca aún existe. La gestación por sustitución no está prohibida, pero tampoco regulada aquí, lo que obliga a recurrir a la Justicia para garantizar la filiación con los padres procreacionales. Esa instancia y la morosidad judicial hacen desistir a algunas familias.

Sin embargo, hay 47 bebés ya nacidos en la Argentina gracias a la conjunción entre las mujeres que prestan su vientre, los equipos sanitarios y jurídicos y, más que nada, la determinación irrevocable de los padres procreacionales, a los que ningún avatar los detuvo en su proyecto parental.

Con la decisión tomada, Moraes y De Gregorio consultaron a más de diez abogados de familia. Dicen que muchos se horrorizaban. «Cuando los conocí, se miraron y dijeron: ‘¿Le contamos?’. ¡Ya estaban embarazados!», recuerda Fabiana Quaini, la abogada especialista que finalmente los asesoró.

Bianca nació el 19 de abril de 2012. Su mamá y su papá acompañaron a su gestante en el parto. Un año después, en junio de 2013, se sentó otro precedente: una jueza permitió la inscripción de la niña a nombre de los padres procreacionales: Moraes y De Gregorio, quienes tenían la intención y habían aportado sus gametos. Bianca era, legalmente, su hija.

Jurisprudencia

Quaini explica que desde 2013 a 2017, en la Ciudad, los casos se planteaban judicialmente, ya que el recién nacido obtenía su partida a nombre de la mujer gestante y el papá y, luego, había que impugnarla. En 2017 eso se modificó y se resolvió que para los nacimientos en Capital por técnicas de gestación por sustitución se inscriba a los niños directamente a nombre de los padres de intención. Para ello, deben presentarse consentimientos informados.

En el programa de Halitus, por ejemplo, se firman estos documentos bajo escribano público. En el texto «Subrogación uterina, una realidad argentina», se explica que tanto los padres procreacionales y la portadora con sus letrados, la médica del equipo de fertilidad y la escribana están presentes en el acto. En ese consentimiento, los padres procreacionales se hacen responsables de los embriones fertilizados y del niño que pudiera nacer del tratamiento. La portadora acepta que no tendrá unión genética, ni jurídica, con el niño, entiende que el nacido será hijo de los padres comitantes y se compromete a entregarlo, al momento del nacimiento.

«En el interior hay tres métodos: nace el bebé y después se discute en tribunales; se le pide permiso al juez; o un método intermedio: se le pide permiso, pero mientras decide, se desarrolla el embarazo», detalla Quaini a LA NACION.

Primer caso en Neuquén, último en el país

La familia de Ismael eligió la segunda opción. El 1 de julio pasado, su llegada al mundo constituyó un hito: fue el primer nacimiento por subrogación en Neuquén. También, el último nacido bajo esa técnica en el país. «No tengo palabras. Es algo tan lindo levantar a Ismael en brazos después de una lucha tan larga», decía en ese momento a LA NACION su papá, Juan Carlos Troncoso (42).

A su mujer, Tamara Cides (32), problemas de salud la llevaron a perder embarazos, el último de ellos puso en riesgo su vida y concluyó con la extirpación de su útero. Eso les hizo sentir que no había más esperanzas, pero apareció otra opción: Marité Cides (30), hermana de Tamara, les prestó su vientre. «Estábamos charlando de subrogación, de casos como el de Florencia de la V, o el de Marley. Así surgió el sueño, para los tres, de poder hacerlo en el país», cuenta Troncoso.

La autorización, para ellos, fue previa al procedimiento. El 27 de noviembre de 2018, el juez Ignacio Noacco avaló la gestación por sustitución y la inscripción del bebé a nombre de la pareja. También la cobertura total del tratamiento en la clínica San Lucas Maternidad, de Neuquén capital. Son 26 los casos que contaron con ese aval anterior. «El juez entendió que es un derecho humano tener una familia y recibir la protección estatal para eso», explica el abogado que los guió, Marcelo Iñíguez, a LA NACION.

«Siempre anduvimos los tres y mi sobrino Benjamín (5), él lo entendió mejor que un adulto», dice Troncoso, quien considera que lograron «una apertura de derechos» y que el gesto de Marité es incalculable. Todos viven en Loncopué, una pequeña localidad neuquina. Apartándose de su rol de letrado, Iñíguez expresa: «Acá los mapuches dicen que el amor se cría». Gracias a un tratamiento que realizó tres meses antes del nacimiento, Tamara amamanta a su bebé Ismael, ya uno más de la familia.

Seguridad para la gestante

Según datos de la docente y abogada especializada en derecho de familia de la UBA Marisa Herrera, de las 47 gestaciones por sustitución, «el 76% involucran a parientes o a amigas íntimas como gestantes». La Guía de buenas prácticas de la Comisión Asesora en Técnicas de Reproducción Humana Asistida determina que la gestante «deberá ser de conocimiento y confianza de la pareja, con quien los una un cierto lazo afectivo, pudiendo ser familiar o no».

La doctora Florencia Inciarte, especialista en fertilidad del Instituto Halitus, explica a LA NACION que las parejas son quienes deben presentarla. «Cuando no avanzamos es por una protección hacia ella, velamos por su seguridad emocional y física», dice. Los criterios de inclusión para la gestante, detallados en la guía, son tener plena capacidad civil, acreditar aptitud física y psíquica, no aportar sus gametos, no haberse sometido a un procedimiento de gestación por sustitución más de dos veces, haber dado a luz y tener un hijo propio, y contar con asesoramiento y evaluación psicosocial previa y con soporte legal independiente. Si cumple esos requisitos será remitida a la evaluación médica preliminar.

Los padres procreacionales también se harán estudios y deberán cumplir condiciones: tener plena capacidad civil; al menos uno aportar sus gametos, salvo razones médicas de imposibilidad; no poder gestar o llevar a término un embarazo; contar con asesoramiento y evaluación psicosocial previa, y contratar un seguro de vida a favor de la gestante, por cualquier contingencia que pueda surgir.

Los fallos que se apelaron

La letrada Herra explica, también, que esos 47 casos representan 52 fallos judiciales, ya que muy pocos se apelaron y, aquellos que lo hicieron, «involucran a parejas de dos hombres y aún no tienen sentencia de la Corte Suprema de Justicia de la Nación».

A Leonardo Polti (47) e Ignacio Santalla (39), matrimonio de Barracas, su amiga Cintia los llamó desde Mendoza para decirles que tenía «una sorpresa», pero no imaginaron jamás que les diría «acá está la panza». Después de desistir de hacer subrogación en el exterior por los altos costos y la imposibilidad laboral de viajar, la gestante estaba frente a sus ojos. Al tercer intento, el embarazo fue un hecho: con el gameto de uno de ellos y un óvulo donado se convirtieron en la primera pareja gay en tener un hijo por subrogación en la Argentina.

Previo al parto, Cintia llegó con su familia a Buenos Aires. «¡Tío, les trajimos al Juampi!», exclamó una de sus hijas, de tres años, al verlos en el aeropuerto. Juan Pablo (5) nació el 4 de junio de 2015. Luego, Santalla y Polti obtuvieron una sentencia favorable de primera instancia para emitir una partida de nacimiento donde figuraran ambos como papás, pero la fiscal Raquel Mercante apeló esa decisión. «Dijo que madre es la que pare», comenta Polti.

El caso se encuentra, desde el ocho de marzo del año pasado, en la Corte Suprema de Justicia. Esa es la última oportunidad para ser reconocidos ante la ley como padres del niño, sino Polti deberá adoptar a su propio hijo en una «adopción integrativa», proceso que se da cuando se adopta al hijo del cónyuge. «No tiene sentido», dice Quaini, quien también asesora a esta familia. Todos esperan tener, antes de 2021, una resolución favorable.

«Juan Pablo tiene cinco años y yo no soy nadie para la ley. Si lo tienen que internar, no puedo entrar. Si tengo que salir con él, debo llevar una autorización. No se le está dando el derecho a su identidad, su ADN no tiene nada que ver con Cintia», explica Polti a LA NACION. A pesar de las trabas judiciales, ninguno de los dos se arrepiente. «Tuvimos un proceso de aceptación en todos lados y él no tuvo ningún conflicto», comenta.

La primera pregunta de su hijo llegó a los tres años. «¿Por qué no tengo mamá?», dijo. «Hay distintas familias y, a vos, te tocaron dos papás», fue la explicación que le bastó. A los cuatro años, insistió: «¿De dónde nacemos?». Y un poco más tarde quiso saber cuál fue la panza que lo alojó: «¿La de la tía? ¿O la de la abu?».

Cuando obtuvo la respuesta que buscaba, su felicidad fue absoluta. «Fue una cara de ¡ya entendí!», cuenta su papá, quien narra: «Él la ve constantemente a Cintia, es un vínculo que no hay manera de romper. La gestante es alguien que te da la posibilidad de ese milagro, no hay nada que pueda compensarlo. Me transformó la vida, pasé a ser la persona más feliz del mundo. Ahora falta la ley».

A pesar de que hay proyectos presentados en ambas cámaras para regular la gestación por sustitución, aún ninguno prosperó. Mientras tanto, las familias se amparan bajo el techo de la jurisprudencia. Una jurisprudencia constituida por fallos que ellas mismas supieron conseguir para ser entendidas justamente como tales, como familias. Esa proeza es hoy ya un acto contundente de ampliación de derechos.

Por: Paula Rossi


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