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Por: Diario Clarín | 29/04/91

Embarazo con un embrión congelado


Por primera vez se utiliza exitosamente el método en la Argentina

Por primera vez en nuestro país, un embrión fecundado hace más de un año y mantenido en frío fue colocado y se desarrolla con éxito en el útero de la mujer. El tratamiento se realizó en la Fundación Halitus. Los nombres de los futuros padres no fueron suministrados y solamente se informó que ella tiene 38 años y él 39, y que desde hace doce años la pareja es estéril. Después de varios intentos infructuosos, finalmente la mujer pudo quedar embarazada.

Es la primera vez que el frío, una tecnología auxiliar de la fecundación asistida, tiene éxito en la Argentina. También es un pequeño triunfo de la investigación clínica local, a través de esta experiencia de la Fundación Halitus.

“Esta es una historia de tenacidad —cuenta el doctor Rodolfo Pasqualini, coautor del logro—. Doce años de intentos fallidos descorazonan a cualquier pareja, y es muy raro que tras la adopción y tantas amarguras haya gente con ganas de seguir tratando de tener un hijo biológicamente propio.

”En los casos que llamamos ESCA, es decir esterilidad

Embarazo conun embrión congelado.

sin causa aparente, la pareja viene con todo un desgaste encima de la legión de expertos diversamente calificados y equipados que tuvieron el asunto en sus manos, los muchos y sucesivos profesionales que no pudieron ya no digamos resolver, ni siquiera diagnosticar el problema”, explica el doctor Rubén Damasco, la otra cabeza de un equipo numeroso y diversificado. (…)

Congelar embriones es un modo de aumentar las chances de éxito en algunos tipos de fecundación asistida. En una prestación estándar, se estimulan los ovarios de la mujer para que produzcan no uno sino todos los óvulos que pueda, y luego se extraen con una aguja de aspiración. En una buena “cosecha” se pueden obtener casi veinte, pero eso depende bastante de la edad de la mujer. (…)

El paso siguiente tiene varias posibilidades, uno puede fecundar los óvulos con espermatozoides, tanto afuera como adentro del cuerpo femenino, primera decisión a tomar de acuerdo a los antecedentes clínicos de la pareja. (…)

El paso siguiente era transferir quirúrgicamente los embriones a las trompas de Falopio de “ella” con la esperanza de que al menos uno prosperara, bajara hasta el útero y lograra anidar allí, implantándose en el endometrio (el tejido esponjoso que tapiza el interior de este órgano).(…)

“En conclusión, pusimos cuatro embriones, dos en cada trompa, y guardamos cinco en congelamiento por si la cosa andaba mal”, dice Pasqualini. “Que fue lo que pasó —agarra la posta Damasco—. En la operación pudimos ver una cierta congestión en las trompas, y nos dimos cuenta —ya demasiado tarde— de que podía haber alguna infección subclínica, de esas que no salen en los estudios previos. Efectivamente, había una invasión de Chlamydias, unas bacterias capaces de causar esterilidad en algunos casos”.

Al parecer, este era uno de esos casos, no hubo embarazo. La pareja remontó como pudo el bajón mientras la infección se trataba con antibióticos comunes. Pasaron los meses, y se decidió un segundo intento. En esta ocación “ella” recibió una estimulación moderada con hormonas, con el objetivo de que su útero “fabricara” un buen endometrio: no pasó nada. Segundo bajón.

Ya casi había pasado un año y quedaban dos óvulos en la congeladora. Las dos últimas chances. Pasqualini y Damasco se quemaban las cejas estudiando qué demonios estaba andando mal. Finalmente se pusieron de acuerdo: tenía que ser el endometrio. En la ecografía de alta definición, obtenida con un aparato de onda sumamente corta, se le veían defectos estructurales.

“Decidimos un raspado, que funciona del mismo modo que la poda en los árboles: les hace crecer con más vigor. Cuando obtuvimos el endometrio que queríamos, solo ahí jugamos nuestros… eh… bueno, esos dós óvulos”, explica Pasqualini. “Y el día que en la ecografía apareció un coranzoncito minúsculo latiendo a toda velocidad, solo ahí nos dimos cuenta de que la habíamos pegado”, dice Damasco.

El error de Pasqualini (“nuestros óvulos”) puede parecer cómico, pero indica el grado de fanatismo al que puede llegar un investigador clínico cuando la cosa se pone difícil y hay que abrir camino relativamente nuevo; en este caso el nacionalizar plenamente una técnica que ya tuvo éxito en el exterior.

Daniel E. Arias