Día del Padre: solos, se animaron a formar una familia más allá de los vínculos tradicionales

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Por: Clarin | 19/06/19

Día del Padre: solos, se animaron a formar una familia más allá de los vínculos tradicionales


En la Argentina, son cada vez más los varones solteros que deciden adoptar o subrogar vientres para tener un hijo. Tres historias emocionantes.

Un psicólogo gay de Córdoba sentía que su deseo de ser padre sólo estaba ligado a la nostalgia de ir creciendo y dejando atrás el “niño perdido”. Lo resolvió a los 32 años, adoptando a un nene que realmente estaba perdido. Catorce años después, adoptó a otro.
Un diseñador gráfico de megaproyectos en multinacionales vivía libre de parejas estables en Europa hasta que un día volvió a las sierras cordobesas y vio en una escuela rural a un chico “que lo estaba esperando”.

Un bioquímico de Salta intentó muchas veces y cuando se estaba por rendir encontró en Buenos Aires el vientre de una chica a la que se cruzó de casualidad mientras la entrevistaban para una nota. Ella lo ayudó a su cumplir su sueño de ser “padre solo”.

Cada historia es distinta. El Día del Padre las iguala. Se trata de una nueva forma de paternidad: la de los hombres solteros que adoptan y subrogan en la Argentina.

Según una encuesta sobre la Estructura Social publicada este año por el Programa de Investigación de la Sociedad Argentina Contemporánea (PISAC), el 11% de los hogares en el país son monoparentales. De ese porcentaje, sólo el 1% son hombres (incluye a los viudos y divorciados). Es una forma novedosa de familia, que rompe con estereotipos patriarcales y matriarcales. Pero ya no permanece en secreto.

Desde 2015, a partir de la reforma del Código Civil, no hace falta estar casado ni en pareja para adoptar. Como las mujeres, los postulantes varones deben ser mayores de 25 años y tener al menos cinco años de residencia en el país para inscribirse en el Registro Único de Aspirantes a Guarda con Fines Adoptivos (RUAGA).

Según datos aportados especialmente para Clarín, de un total de 4.275 legajos -hasta el 6 de junio- 938 corresponden a un solo solicitante, entre los que el 94% son mujeres (874) y el 6% “monoparentales masculinos”. Pero el número entre ellos no para de crecer.

“Tradicionalmente se buscaba una niña, niño o adolescente para una familia. Nuestro desafío es el cambio de paradigma en la adopción, por tal motivo centramos nuestro trabajo en encontrar en realidad una familia para cada niña, niño o adolescente sin cuidados parentales”, dice Adriana O. Donato, directora de ese Registro

Horacio Rementería y sus hijos Ismael y Agustín

“A Ismael lo conocí con tres años. Imaginate que al trabajar en rehabilitación y revinculación en un centro de día al que llegaban niños judicializados te encontrás todo el tiempo con historias de terror. Pero de él me impactó que se arrastraba como un ‘gusanito’. Tenía parálisis cerebral”, dice a Clarín Horacio Rementería. Hoy tiene 46 y su hijo, 17. La conexión había empezado. Aunque el psicólogo no lo sabía.

“Traté de mantener distancia, conservar una actitud sólo profesional. Ni se me ocurría la adopción”, dice.

Ismael es hijo de una madre adolescente que decidió darlo en adopción junto a su otra hija, de cuatro años, en el Hospital de Niños de Río Primero. Tenía desnutrición crónica, no podía hablar y una malformación en sus pies lo obligaba a usar andador.

“Él y su hermana habían entrado juntos en el hogar Querubines. Nunca entendí por qué los separaron. Intenté la revinculación, pero no fue posible con la familia adoptante de la nena. Jamás la volvió a ver”, cuenta. Por eso aún sigue cuestionando el sistema.

Es que Ismael estaba en las peores celdas de las estadísticas. El 89,47% se anota para niños de hasta un año -cuando casi no hay bebés en el Registro, porque los trámites para que un recién nacido sea declarado en situación de adoptabilidad no son veloces-; el 50,4%, aceptaría a dos hermanitos y sólo el 16% a un nene con “discapacidades o enfermedades”.

Con prejuicio sobre su situación económica, Horacio anotó la guarda de Ismael a nombre de una pareja que tuvo tiempo después. Ese hombre trabajaba en el Ministerio de Educación, no tenía el sueño de la paternidad y puso la firma como algo administrativo. “Creí que lo iban a aceptar más a él que a mí”, reconoce. Cuando se separaron, su pareja, sin decirle, fue al juzgado a renunciar al nene. La jueza no lo dejó. Horacio debía estar presente porque ya había solicitado la guarda. Le ganó a la burocracia.

Horacio, que ahora está en pareja con Daniel, el año pasado inició el proceso de adopción de Agustín, un nene de 12 años con sobrepeso y algunos problemas de conducta que no había conseguido una familia en el hogar de Buenos Aires donde había estado la mayor parte de su vida. El era otro “niño perdido”. Pero ya está con él y, como Ismael, lo llama “papá”.

Una sentencia ejemplar

“Quienes quieren adoptar frecuentemente nos consultan si deben ser propietarios o tener un contrato laboral en relación de dependencia. Nada de esto es exigido por la ley; deberán en todo caso, contar con recursos que permitan encargarse de la crianza y cuidado de una niña, niño y/o adolescente, en todos los aspectos de su vida”, aclara Donato.

Sin tantos prejuicios, Javier Castellanos volvió en 2010 a Córdoba después de una década como yuppie en Barcelona, trabajando como diseñador digital de corporaciones. “Volví para hacer una vida más humana”, dice desde Nono, a 150 kilómetros de la capital de esa provincia. Precisamente, desde un paraje de 50 habitantes llamado Los Algarrobos en el que se compró un campo y, a 500 metros, divisó una única escuela rural, con una maestra y 16 alumnos de diferentes edades. Se acercó. Estaba “Gabrielito”.

Padre e hijo. Javier y Gabriel Castellanos (Gentileza Javier Castellanos)

“Quise presentarme a la comunidad a través de la escuela. Ahí vi que el gobierno les había dado unas computadoras pero que nadie sabía usarlas. Estaban apiladas. Entonces les ofrecí enseñarles, sin cobrar nada. No dudaron, tuvieron confianza”, recuerda Javier. Entre esos nenes atentos estaba Gabriel, de cinco años, que se había criado casi en un páramo, con su abuela Adela.

“Sus padres eran analfabetos, su mamá tenía una deficiencia cognitiva y su papá problemas con el alcohol. Se lo habían a esa abuela a los 20 días de nacido. Ella lo cuidaba como nadie. Pero se enfermó de cáncer. Se estaba muriendo“, cuenta.

El 15 de marzo de 2013 se realizó una reunión en la escuela con la Secretaría de Niñez, Adolescencia y Familia, oficiales de la Policía, personal de Acción Social, la jueza de Paz y todas las familias de la aldea para que la comunidad definiera quién iba a hacerse cargo del nene, que ya tenía nueve años. “Ninguna familia aceptó y ahí yo pido que me den la guarda provisoria”, detalla Javier. Hijo de un reconocido juez de familia cordobés, sabía la situación de los niños judicializados.

Pero el juez de Cura Brochero, José María Estigarribia, dictó una sentencia que ya es considerada “ejemplar”. Como habían intentado revincular a Gabriel con sus padres biológicos sin éxito y como, desde la muerte de Adela, no había más familiares aptos, el juez se amparó en la figura del “referente afectivo”. Consideró que separar al nene de ese hombre a quien “quiere como a un padre” para darlo en adopción iba a significarle un “dolor irremediable”. El 27 de marzo de ese año le dio a Javier la guarda preadoptiva de Gabriel, que hoy tiene 13 años.

Un ángel en el camino

“Querer ser papá siempre estuvo presente en mí. Tuve dos intentos en Mendoza, pero resultaron en abortos espontáneos. Fue terrible recibir el llamado donde me decían que el sueño se terminó”, cuenta Marcelo Segura (48). Es un reconocido bioquímico que desde Salta se tomaba aviones todos los meses hacia distintas provincias por este tema.

Marcelo Segura, con sus mellizas.

“Cuando viajé a Buenos Aires para decir que ya no iba a seguir intentando, en la clínica veo que a una chica la estaban entrevistando de Clarín. Pregunto por qué y me encuentro con algo inesperado”, dice. Habla de Halitus Instituto Médico, la clínica de Sergio Pasqualini, y de una mujer que fue nota en 2016 por haber sido un vientre subrogado. Era Flavia, una “portante”, que dos años antes ayudó a una pareja de Zárate a tener a su hija, en el segundo caso de maternidad subrogada que se dio en el país.

 


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